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Autoestima12/10/202619 min de lectura

Por qué el síndrome del impostor sobrevive a tus logros

El síndrome del impostor es creer que tu éxito ha engañado a todos. Por qué los logros no lo tocan y qué decía de verdad el trabajo original de 1978.

Una mujer de pie, sola, bajo un foco en el escenario de un teatro, con la mirada baja y filas de butacas rojas vacías detrás
Contenido
  1. ¿Qué es el síndrome del impostor?
  2. Señales del síndrome del impostor
  3. ¿Por qué no sirve hacer una lista de tus logros?
  4. ¿Qué mantiene vivo el síndrome del impostor?
  5. ¿Existe de verdad el síndrome del impostor?
  6. ¿Puede que la sensación tenga razón?
  7. Cómo lidiar con el síndrome del impostor
  8. Preguntas frecuentes
  9. Fuentes

El consejo que más se repite sobre el síndrome del impostor es llevar un registro de tus logros. Guardar los correos en los que alguien te dio las gracias y releerlos cuando vuelva la duda. Aparece en casi todos los artículos sobre el tema. Y el trabajo que acuñó el término ya explicó en 1978 por qué no funciona.

La carpeta, de hecho, se hace. Los correos se guardan y se releen. Solo que cada uno llega con su propia explicación, y esa explicación nunca eres tú. Así es como una carpeta puede crecer y crecer sin que nada de lo que hay dentro llegue a contar.

El problema es que el síndrome del impostor sobrevive a las pruebas. Por debajo funciona una regla de archivo que no cambia nunca. Lo que sale bien se archiva en «suerte», en «buen momento» o en «horas de más». Lo que sale mal, en «capacidad». Si metes más logros en un sistema así, lo único que añades es papeleo.

Ideas clave

  • El síndrome del impostor es la creencia de que los demás te sobrevaloran y de que tarde o temprano se darán cuenta. Describe una experiencia, no es un diagnóstico, y no aparece ni en el DSM ni en la CIE.
  • Las pruebas no lo arreglan, porque no es eso lo que falta. Los éxitos se atribuyen a la suerte, al momento o al esfuerzo en lugar de a la capacidad, así que acumular más no cambia nada.
  • Prepararse de más funciona como una superstición. Llega antes del éxito, así que se lleva el mérito, y la duda se queda como método de trabajo.
  • La famosa cifra de prevalencia es poco sólida. Según dónde se ponga el punto de corte, los estudios hablan de entre un 9 % y un 82 %, y hasta la revisión de 2020 no se había probado ni un solo tratamiento.
  • A veces la sensación no distorsiona nada. Es información exacta, y saber distinguir una cosa de la otra importa más que cualquier ejercicio de confianza.

¿Qué es el síndrome del impostor?

El síndrome del impostor es la creencia persistente de que tu éxito no es merecido y de que los demás te han sobrevalorado, una creencia que se mantiene aunque las pruebas digan claramente lo contrario. Una definición del ámbito laboral lo resume como la convicción de que los demás sobrestiman tu competencia profesional. Describe una experiencia, no una enfermedad, y no figura ni en el manual de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría ni en la Clasificación Internacional de Enfermedades.

Le pusieron nombre Pauline Rose Clance y Suzanne Imes en 1978, después de cinco años de grupos terapéuticos, clases y trabajo individual con más de 150 mujeres con logros destacados. Ellas lo llamaron fenómeno del impostor. La palabra «síndrome» llegó más tarde y desde otro sitio, y da a entender sin decirlo que hay una enfermedad con su tratamiento, que es mucho peso para una sola palabra.

El grupo original era muy homogéneo, y las autoras lo reconocían. Eran sobre todo mujeres estadounidenses blancas, de clase media o media-alta, de entre 20 y 45 años, y alrededor de un tercio estaba en terapia. Fue observación clínica, no una encuesta. Eso tendrá importancia más adelante.

Señales del síndrome del impostor

Lo que lo delata no es la duda, porque casi todo el mundo duda de sí antes de algo difícil. Es lo que pasa después, cuando la cosa ya ha salido bien.

  • Cada buena noticia necesita una explicación que le reste mérito. En menos de un día el ascenso ya tiene un motivo, y el motivo no eres tú.
  • La preparación sigue mucho después de haber dejado de servir. La presentación estaba terminada el martes. El jueves por la noche se rehace entera.
  • O justo lo contrario. Nada empieza hasta que la fecha de entrega está tan cerca que da miedo, lo que, qué casualidad, deja lista una explicación para cualquier resultado.
  • Cada elogio parece la prueba de que no te conocen bien. Si supieran lo que hiciste en realidad, no lo dirían.
  • Pedir ayuda es como firmar una confesión.
  • Sabes hacer tu trabajo y no eres capaz de decirlo en voz alta. La frase «esto se me da bien» no sale, ni siquiera a solas en la cocina.
  • Cada nivel nuevo lo reinicia todo. El cargo con más responsabilidad lo empeoró, y eso no te lo advierte nadie.

Cuántas casillas marques importa menos que la forma. Dudar antes de una tarea es normal, y muchas veces útil. Lo que se describe aquí es la duda que sobrevive al resultado.

¿Por qué no sirve hacer una lista de tus logros?

Porque lo que falta no son logros. Clance e Imes lo dijeron con una claridad que nadie ha superado desde entonces: observaron que los numerosos logros, que cabría esperar que sirvieran de prueba más que suficiente de una inteligencia superior, no parecían afectar en nada a la creencia de ser un impostor. Más adelante, en el mismo trabajo y tras cinco años viéndolo de cerca, añadieron que los éxitos repetidos no bastaban por sí solos para romper el ciclo.

La razón está en la atribución, es decir, en cómo se explica cada resultado. La investigación en la que se apoyaban había encontrado que un resultado inesperado suele recibir una explicación pasajera, y así las expectativas se quedan donde estaban. Para quien espera que lo descubran, el resultado inesperado es el éxito. Se atribuye a la suerte, al esfuerzo o a alguien que corrigió con manga ancha, mientras que el fracaso va a una causa fija: la capacidad. Con esa regla de archivo en marcha, las cuentas salen solas. Los logros llegan, se archivan en «suerte», y la carpeta con tu nombre sigue vacía por mucho que engorde el cajón.

¿Qué mantiene vivo el síndrome del impostor?

Casi todo el mantenimiento corre a cargo de tres costumbres: prepararse de más, decir lo que los demás quieren oír y coleccionar aprobaciones que nunca se quedan. Las tres aparecen ya en el trabajo de 1978. Comparten una estructura poco afortunada: cada una produce un buen resultado y después se queda con el mérito.

Prepararse de más como superstición. El ciclo que describieron Clance e Imes empieza con el miedo a que te descubran, pasa por trabajar muchísimo y disimular, y llega a un buen resultado, a la aprobación de los demás y a una alegría que se apaga enseguida, porque la sensación de fondo de ser un fraude sigue intacta.

Luego viene la parte que casi nadie cita. Las mujeres con las que trabajaban desarrollaban una creencia medio consciente: si alguna vez esperaban tener éxito, fracasarían. Las autoras escribieron que esa creencia llegaba a tener algo de ritual mágico. La duda recibe un ascenso y pasa a ser el método. Y por eso un ascenso de verdad empeora las cosas en vez de mejorarlas, que es justo lo que más desconcierta a la gente. Cuanto más hay en juego, más grande el ritual.

Decir lo que los demás quieren oír. Clance e Imes lo llamaron adulación intelectual. Citar las fuentes que prefiere quien te supervisa, callarte durante un desacuerdo, meter en la propuesta la idea de tu jefe, justo donde iba a ir la tuya. El precio es que tu opinión real nunca se pone a prueba, así que nunca llegas a saber que habría aguantado. En este punto concreto, la sensación de fraude acierta. Lo que registra es la adulación, no tu competencia. Esa costumbre tiene un pariente mayor, la necesidad de complacer a todo el mundo.

Coleccionar aprobaciones que no se pueden conservar. Encontrar a alguien cuyo criterio respetas, esforzarte mucho por impresionar a esa persona y, en cuanto llega su veredicto, descontarlo: seguro que le gustó tu entusiasmo o tu manera de ser, no tu trabajo. Así que sales a buscar a otra. Las mujeres que atendía Clance tenían además una segunda creencia que cerraba la salida: alguien capaz de verdad no habría necesitado que lo tranquilizaran.

¿Estás dentro del ciclo?

  1. Cuando algo sale bien, ¿en menos de un día ya tienes una explicación de por qué salió bien sin que tú tuvieras mucho que ver?
  2. ¿Sigues preparándote cuando prepararte ya no aporta nada?
  3. ¿Te costaría decir en voz alta «esto se me da bien», aunque no hubiera nadie delante?

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¿Existe de verdad el síndrome del impostor?

Describe algo que la gente vive sin ninguna duda, pero las mediciones son bastante más flojas de lo que hace pensar todo lo que se publica. Una revisión sistemática de 2020 reunió 62 estudios y 14 161 participantes, y encontró prevalencias que iban del 9 % al 82 %. La diferencia dependía de qué cuestionario se usaba y de dónde se ponía el punto de corte. En un caso, desplazar el corte cuatro puntos en la misma escala hizo pasar la cifra del 24 % al 39 %. El 82 % es el número que termina en los artículos.

Hay otros dos hallazgos de esa revisión que vale la pena recordar. La mitad de los estudios que buscaron diferencias por género no encontraron ninguna entre hombres y mujeres, aunque la idea entera nació estudiando a mujeres. Y ni uno solo de los estudios de la revisión había puesto a prueba un tratamiento. Así que cualquier receta de cinco pasos que circule por ahí, por muy segura que suene, está sin probar por definición. Incluidas las sugerencias que vienen más abajo en esta misma página.

Los cinco tipos que salen en casi todos los artículos (el perfeccionista, el experto, el genio natural, el individualista y el superhéroe) vienen del libro de una conferenciante y formadora, no de un estudio. Sirven como vocabulario. No son un hallazgo científico.

¿Puede que la sensación tenga razón?

A veces sí, de dos maneras concretas, y ninguna significa que hagas mal tu trabajo. O está registrando con exactitud tu costumbre de decirle a la gente lo que quiere oír, o está leyendo bien una sala que te trata como a alguien de fuera.

La primera es la adulación de la que hablábamos más arriba. Si pasas un año dando la razón en cosas con las que no estás de acuerdo, la sensación de estar actuando se convierte en un informe exacto de que estás actuando. Lo que lo arregla es decir una sola cosa que de verdad piensas en una sola reunión. Más pruebas de tu competencia no lo van a tocar.

La segunda tiene que ver con las salas, no con las personas. En 2021, Ruchika Tulshyan y Jodi-Ann Burey defendieron en Harvard Business Review que el concepto se construyó sobre una muestra muy reducida y acaba trasladando al interior de cada persona un problema que es estructural. A quien se enfrenta a prejuicios reales le entrega un defecto personal en el que trabajar. Se convirtió en uno de los textos más leídos de la revista, lo que hace pensar que puso nombre a algo que mucha gente reconocía.

Ser en la sala la única persona que se parece a ti, que habla como tú o que llegó por otra puerta produce una sensación casi imposible de distinguir del síndrome del impostor, y sin embargo es otra cosa por completo. La prueba es aburrida y útil: ¿la sensación te sigue a todas partes o aparece en salas concretas?

También hay un hallazgo que va en la dirección contraria, y esta vez para bien. En cuatro estudios con 3603 participantes, los empleados que tenían pensamientos de impostor con más frecuencia recibían de sus compañeros mejores valoraciones en eficacia interpersonal, porque la duda los empujaba a escuchar con más atención, a colaborar de verdad y a pedir ayuda. Eso no la convierte en un regalo, y mantenerla sale caro. Pero sí significa que la sensación informa mal sobre tu competencia. Mientras tú te preparas para que te descubran, tus compañeros se fijan en lo bien que escuchas.

Conviene distinguirlo de la baja autoestima, que es más amplia y no necesita un logro al que agarrarse. El síndrome del impostor es más acotado. Se alimenta del éxito, porque cada logro es una cosa más a la que restarle mérito.

Cómo lidiar con el síndrome del impostor

La salida es cambiar cómo te explicas los resultados, no acumular más: escribir una predicción antes de una tarea, recortar a propósito la preparación de más y contarle el miedo en voz alta a alguien que hace tu mismo trabajo. Nada de esto está demostrado. Hasta la revisión de 2020, nadie había puesto a prueba ningún tratamiento. Estos tres pasos son lo que recomendaban de verdad Clance e Imes, y no se parecen en nada a lo que heredaron de ellas las columnas de consejos.

Escribe la predicción antes de la tarea, no la explicación después. Pedían a las mujeres con las que trabajaban que se prepararan esperando «me va a salir bien» en lugar de «puede que fracase», y describían tener éxito sin la duda previa como el paso que deshace el ritual. En la práctica es una frase en una nota antes de la reunión: qué esperas y por qué. Y leerla después. Cuando el resultado ya está ahí, la explicación de que fue suerte parece indiscutible. A una predicción escrita de antemano cuesta mucho más restarle mérito.

Recorta la preparación de más una sola vez, a propósito, en algo pequeño. Las cuatro horas extra nunca se pueden evaluar mientras estén siempre ahí. Clance e Imes querían reducir el trabajo compulsivo precisamente porque alimenta una y otra vez la explicación del esfuerzo. Elige algo en lo que te juegues poco, dedícale lo normal y observa. Lo normal es que no pase nada, y ese nada es justo la información que te faltaba.

Dilo en voz alta a alguien que hace tu mismo trabajo. En el trabajo original, el tema casi nunca salía sin que alguien preguntara: era un secreto bien guardado que solo aparecía al cabo de varias sesiones. El formato de grupo funcionaba por una razón que tiene poco que ver con el consuelo. La distorsión es invisible desde dentro y evidente desde fuera, y oír a alguien a quien respetas de verdad describir exactamente el mismo miedo hace más en diez minutos que la carpeta de correos de agradecimiento en dos años.

Dos límites que conviene nombrar. Si esto ha pasado de la incomodidad a evitar trabajos que sabes hacer, a rechazar cosas que quieres o a noches en las que ya no se duerme, vale la pena hablarlo con un terapeuta o con tu médico. Hacerlo es mantenimiento normal, no una confesión. Y un patrón tan común entre gente capaz no es, por sí solo, prueba de que te pase algo malo.

La carpeta no está vacía. Tiene noventa y un correos, archivados en «la generosidad de los demás». Lo que hay que cambiar es el criterio de archivo, no lo que hay dentro.

Preguntas frecuentes

Es la creencia de que tu éxito ha engañado a la gente y de que tarde o temprano te van a descubrir, y se mantiene aunque haya pruebas reales de tu competencia. Lo que lo define es que los logros no lo alivian, porque se les resta mérito atribuyéndolos a la suerte, al momento o al esfuerzo en lugar de a la capacidad.

No. No figura en el manual de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría ni en la Clasificación Internacional de Enfermedades, y no tiene criterios diagnósticos. A menudo aparece junto a la ansiedad o la depresión, que son cosas distintas y que un profesional sí puede evaluar y tratar.

El perfeccionista, el experto, el genio natural, el individualista y el superhéroe, popularizados por la escritora y conferenciante Valerie Young. Vienen de un libro, no de una investigación, así que funcionan como vocabulario para la experiencia, no como categorías establecidas.

Porque el ciclo se alimenta de prepararse de más, y un puesto más grande pide un ritual más grande. Cuanto más hay en juego, más necesaria parece la duda previa, y el éxito que llega después se atribuye a las horas extra y no a la capacidad. Además, el nuevo cargo te quita la excusa de estar empezando.

Hasta la revisión sistemática de 2020, no se había probado ni un solo tratamiento, así que quien promete una cura está adivinando. Las investigadoras originales atacaron directamente la forma de explicarse los resultados, en vez de acumular más pruebas: apuntar lo que esperas antes de una tarea, reducir a propósito la preparación de más y contarle el miedo en voz alta a alguien que hace tu mismo trabajo.

Fuentes

  1. Clance, P. R., & Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research and Practice, 15(3), 241–247.
  2. Deaux, K. (1976). Sex and the attribution process. In J. H. Harvey, W. J. Ickes & R. F. Kidd (Eds.), New Directions in Attribution Research. Erlbaum.
  3. Bravata, D. M., Watts, S. A., Keefer, A. L., Madhusudhan, D. K., Taylor, K. T., Clark, D. M., Nelson, R. S., Cokley, K. O., & Hagg, H. K. (2020). Prevalence, predictors, and treatment of impostor syndrome: a systematic review. Journal of General Internal Medicine, 35(4), 1252–1275.
  4. Tewfik, B. A. (2022). The impostor phenomenon revisited: Examining the relationship between workplace impostor thoughts and interpersonal effectiveness at work. Academy of Management Journal, 65(3), 988–1018.
  5. Tulshyan, R., & Burey, J.-A. (2021). Stop telling women they have imposter syndrome. Harvard Business Review.